Como ser alguien que sabe escuchar

Hoy amanecí pensando en mi mamá, lo cual me llevó a recordar intencionalmente algunas de sus muchas virtudes, entre ellas estaba lo que se conoce como escucha generosa o escucha activa.  Cuando llegaba a su casa a visitarla, solo con decirle: Mami necesito platicar con usted sobre algo, eso bastaba para que ella se dispusiera en cuerpo y alma a escuchar lo que tenía para decirle.  

Me llamaba poderosamente la atención ver como mi mamá se enfocaba en lo que yo decía y en cómo me sentía.  Ella no me interrumpía cuando yo hablaba, y si yo hacía alguna pausa, ella se quedaba en silencio dando tiempo a que yo pensara si aún tenía algo más que agregar antes de empezar ella a hablar.  Y aunque no siempre estaba de acuerdo conmigo, mi mamá no me juzgaba ni sacaba conclusiones anticipadamente, ella elegía preguntarme si tenía dudas o no le había quedado algo claro.  Así era mi madre, admirable.   

En la reflexión me hice consciente que por lo general cuando las personas hablamos, no lo hacemos para que nos den consejos. Eso mi mamá lo aprendió durante una conversación que tuvo con mi papá; donde él le dijo: “Vieja, fíjate que hoy paso tal y tal cosa”.  Ella respondiendo al cometario de mi papá, dio su opinión respecto a lo que él le contó.  A lo que él agrego: “No te estoy pidiendo tu opinión, solo te estoy comentando.  La primera vez que escuché a mi mamá contar esa anécdota le dije: Que abusiva forma de responderle tuvo mi papá.  

Ella me dijo: Hija, abusiva o no, basto para que yo aprendiera a escuchar con atención cómo empezaba una conversación tu papá: “Vieja, fíjate que… o Vieja qué te parece…”  al decir fíjate, solo quería comentarme algo que había sucedido. Al decirme qué te parece, iba implícito dame tu opinión al respecto.  Por eso cuando yo llegaba a platicar sobre algún tema con mi mamá, ella tenía el hábito de preguntarme ¿Te gustaría escuchar mi opinión al respecto o solo quieres comentarme? 

Otra de sus cualidades era que cuando yo me desviaba del tema, ella redirigía la conversación a lo que yo originalmente estaba contándole.   Con su forma de ser al escuchar, mi mamá me ofrecía la posibilidad de comunicar y expresar mis pensamientos, mis emociones, mis sentimientos, y se limitaba a darme cariño y consolarme cuando durante mi relato lloraba. 

Yo no solía buscar tanto a mi mamá para conversar, pero cuando lo hacía ella intuitivamente sabía que yo estaba atravesando un momento difícil en mi vida, y sólo necesitaba que ella me escuchara.  Que necesitaba hablar con ella para desahogarme, para descargar mi ansiedad, mi angustia. Cuando ella me escuchaba, estaba ayudándome a poner en palabras lo que me ocurría, y a dar nombre a mi malestar. ‘ 

Escucharme de forma generosa, fue uno de los mejores y más amorosos regalos que pudo darme mi mamá, especialmente cuando me sentía herida, molesta o preocupada.  Yo, por mi parte, sentía un gran alivio al contarle lo que vivía y lo que sentía.  Eso me hacía sentirme más aceptada y amada por ella porque, cuando me escuchaba, yo me escuchaba y eso me permitía encontrar la mejor solución a mis preocupaciones. 

Quiero compartir contigo la conclusión de algunos puntos que hoy puedo reconocer que es lo que íntimamente todos deseamos a la hora de conversar con otra persona.

• Que quien nos escucha esté presente física y mentalmente, es decir que cuando le contemos nuestra historia, nos vea a los ojos, sin estar pendiente de lo que sucede alrededor y que no se distraiga ni se entretenga haciendo garabatos mientras le hablamos.

• Queremos sentarnos frente a frente, sin mesas, sin celulares, ni televisión de por medio; y que esté atenta a lo decimos con genuino interés.

• Que al hablar no nos interrumpa, y que no nos de consejos a menos que se los pidamos.

• Nos gustaría que nuestro interlocutor no tema a los silencios, a las pausas que nos ayudan a reflexionar y ordenar nuestros pensamientos.

• Que pueda ponerse en nuestro lugar y si acaso preferimos guardarnos algo, que lo respete y no trate de obtener la información a la fuerza.

• Que nos escuche sin juzgar, sin criticar, sin culpar y sin hacernos sentir mal por lo que decimos.  

Hoy dedico este blog a mi madre, Doña Minerva Solís de Alcázar, quien fue con su ejemplo, mi mejor y más grande maestra.  Extraño nuestras conversaciones, pero sé que ahora usted está en un mejor lugar y que la mejor forma de agradecerle es poniendo en práctica lo que magistralmente me enseño.

Con amor y gratitud, su hija…

Carolina Alcázar Solís

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